El Orgullo: mi error y mi culpa

Las picantes razones de quién tiene la verdad, nos rodean permanentemente de un señalamiento que, de la casa al mundo, trasciende las barreras de nuestros primeros alcances sociales. El recelo de la inconciencia se funde así ante la imperiosa necesidad de mostrar saber siempre algo, más allá de nuestros exiguos territorios. El universo, puede ser único o infinito en sus formas, según cómo y desde donde se lo mire. Y en esto de universalizar, al fin y al cabo, estamos todos de acuerdo en que no coincidiremos nunca. Quizás no todos seamos iguales…

Comencemos por situarnos en las más íntimas reuniones grupales. No hay que ser ningún erudito para comprender la ecuación de estas charlas: el intelectual, algo desprolijo y de cansada actitud, hablando por lo general en un tono más bajo y a más lento ritmo que los demás; el borrachín, perdido en todo menos en la necesidad que todos sepan lo mucho que él sabe; el bueno moderador, siempre necesario, al margen de sus aptitudes o conocimientos, para que no se vaya todo al demonio y el resto de la muchachada, oscilando por momentos parlantes, por momentos escuchas. Que viajar te abre la cabeza… que tenés que haber leído mucho para hablar seriamente de este tema… que yo viaje, leí y conocí bien estos lugares… Frases por demás llenas de contenidos exteriorizantes, serviles, para fundamentar en que jerarquía de la mesa se sentará cada uno, de cara a un futuro alternativo, solo correspondido por lo que allí suceda las próximas 5 horas. Roles y autoestimas, conjugándose en un sinfín de paralelismos, dibujando la genialidad en torno a trazos configurados predeterminadamente.

A pesar de sabernos brillantes, en nuestras interpretaciones, respecto del medio que nos rodea, jamás partiremos de un discurso en el cual reconozcamos que una sucesión de errores pueda ser producto de nuestras propias culpas. Hacernos cargo de la parte que nos toca o seguir esperando que otro levante la mano (primero), para no hundirnos solos con el barco, parece ser la cuestión. De igual forma, el sentirnos perseguidos porque las culpas reposen sobre nosotros puede llevarnos a cuestionar por qué a nosotros se nos señala y no al otro aquel, también equivocado según criterios personales. El miedo al ridículo fácilmente puede ser descifrado en todo tipo de discusión. Existe así, una difícil tarea de reconocernos en el error, ese mismo que no se escapa cuando para el ojo ajeno transpolamos nuestras miradas. Basta solo con entender que si todos creyéramos que los demás son los que están equivocados y nosotros no, entonces, todos y ninguno al mismo tiempo tendría(mos) la razón, pero, para la causa general que aquí nos trae, el error seguiría existiendo a pesar de la falta de las culpas.

Tal vez, muchas veces, nuestros intereses estén mediados por la socialización de premios y castigos a los que a diario asistimos. Y como la historia la escriben “los ganadores”, en esta dialéctica entre el cotidiano general y los círculos más íntimos, existe la posibilidad de un día llegar a la conclusión que el problema no reposa sobre las culpas, ni siquiera sobre los errores, sino en la hipocresía que los confines de nuestro orgullo oculta. La envergadura del caso puede atender a proporciones singulares o plurales, particulares o generales, pero, no deja nunca de devorar nuestras conciencias, individuales o colectivas, y es por eso que estamos extrañamente dispuestos a pasar por encima de todo lo que se cruce en nuestros caminos, con tal de no perder terreno. Débiles o debilitados, vivimos todos bajo un suelo del que nadie quiere ser menos. Incluso la victimización buscará trepar con destino a un nuevo cielo.

En un mundo donde los mismos organismos que nos invitan a ser solidarios, contra las guerras y las hambrunas, terminan (de alguna o de otra forma) lucrando a través de estas, difícilmente podamos ponernos de acuerdo desde nuestras propias casas. Más aún, cuando el relato fílmico nos propone tomar como héroes a quienes en realidad nos han estado invadiendo. Que los muchos terminemos por defender aleatoriamente, sin saberlo, los honores de unos muy pocos privilegiados no es entonces culpa nuestra, más sí, nuestro desafío un futuro que permita de una vez encontrarnos unidos.

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