RUINAS DE LOS INDIOS KILMES

Allá por los veinte (hace casi algo más de 10 años), éramos invitados con unos amigos a una fiesta loca en el barrio de Quilmes. De algo estábamos seguros, cerveza no iba a faltar. Quedaba solo buscar la dirección en el mapa y zarpar en el colectivo que nos acercara. Sería el 85 el autobús a tomar.

Cercano a la medianoche, cruzábamos la Avenida Lamadrid, esa que divide a Bernal de Quilmes. Allí mismo, sube una persona en extremo nerviosa, a los gritos, aduciendo que esto era un asalto, que nos quedáramos tranquilos y le cediéramos nuestras pertenencias. Al  encontrarnos mis amigos y yo al final del vehículo, nos dimos tiempo para esconder billeteras y celulares debajo de nosotros (un hueco del que nos proveía el último lugar del colectivo, pegado al motor, que consta de cinco asientos en hilera). No llegó ni a la mitad del tramo el amigo de lo ajeno, que satisfecho se bajaba con sus nuevas adquisiciones. Pero esto no es todo, al parecer uno de los atracados percibió que había tratádose de simplemente un robo de guante blanco. Algo indignado, un poco embroncado por la impotencia de la pérdida consumada, comenzó a los gritos: “hijo de puta, no tenía arma, no tenía un cuchillo, era todo mentira, no tenía nada… bajémonos a buscar nuestras cosas…”-“No amigo, estás loco si pensás bajar, acá son todos zombies”. Y Mientras se planteaba el debate, el chofer del colectivo se tomó unos instantes frenando el móvil, como para que este enfurecido muchacho repensara lo que estaba diciendo. Fue solo mirar a la calle, desde arriba, para ver la plaga de The Walking Dead viniéndose hacia nosotros. “Acelerá pelotudo, nos van a matar a todos…”, fueron las palabras que renovaron la marcha al colectivero.

En el mientras tanto, producto de la vorágine, habíamos olvidado nuestras pertenencias escondidas y cuando quisimos sacarlas del hueco notamos que nuestros brazos no cabían en él. Una chica, al vernos en el intento nos dijo que la dejáramos que ella era más chiquita y qué su brazo, al ser más pequeño, sí iba a caber por la hendija. Así fue nomás, sería exagerado decir que dejó la vida, pero casi que deja el brazo porque tras agarrar nuestros celulares y billeteras se encontró del codo a las manos negro, se veía como carbonizada y encima por tratarse de la grasa del motor, todo intento por quitarse la mancha no hacía sino ensuciarla cada vez más. Entre tanto, llegábamos a Quilmes y la calle Alem, a la que debíamos asistir para la fiesta, nos recibía con un extraño cambio de numeración a juzgar por el mapa que habíamos visto antes de salir. Caminamos como 20 cuadras, sin encontrar nunca el lugar de la fiesta, al punto de llegar a la autopista (Buenos Aires-La Plata), que no solo ponía fin al camino, sino que también lo iba haciendo cada vez más angosto, más estrecho, metiéndonos en un barrio de emergencia, carente de toda numeración. En una rancheada vimos que sonaba la música a todo trapo y nos metimos nomás, algo sorprendidos porque parecía más bien una fiesta familiar y de paso, todos allí, nos miraban rarísimo. A su vez, no veíamos a ninguno de nuestros amigos. Llamamos preguntando por dónde andaban y nos dijeron que en la fiesta, no sin antes preguntarnos por dónde andábamos nosotros. Un tanto enojado le dije que la dirección que nos habían pasado estaba mal. Cuando se nos explicó bien dónde era nos percatamos que el nombre de la calle coincidía, cosa que de hecho no debiera haber sucedido, ya que Quilmes y Bernal (donde sí tomaba curso el festín) son parte del mismo Municipio, razón por la cual no debieran repetirse los nombres de las calles.

En fin, tiramos una bomba de humo y nos escabullimos rápidamente con destino, ahora efectivamente, a la fiesta. Contábamos con poco dinero y el remís estaba bien caro por lo que decidimos retomar las veinte cuadras nuevamente a pie, eso sí, sabíamos que no escatimaríamos cobres en birra. Subimos al 85 de vuelta y una vez llegados, notamos que la celebración era en un cuartel de bomberos. Algo picado se veía el ambiente, por lo que no era difícil interpretar que cualquier movimiento en falso sería la pólvora detonante de una inolvidable bataola. Y así fue, al cabo de una hora y media de mucho hombre y poca mujer, con los humos de cerveza volando por el aire, comenzaron a flotar las primeras trompadas. Obviamente poniendo fin a la kermés.

Así cómo, alguna vez los Indios Kilmes fueran acechados por la Guardia del Imperio Realista, incluyendo incendiar las viviendas de las Tribus Originarias, paradójicamente, esta vez los bomberos se encontraban desbordados en su propia casa, por las turbas iracundas de la indiada quilmeña del Siglo XXI.

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